martes, 6 de febrero de 2018

TIFÓN, EL MONSTRUOSO HIJO DE HERA (MITO)

Escultura de la serpiente Tifón

Solo, sin concurso de su esposa, el gran Zeus había traído al mundo una hija: Atenea, la diosa guerrera.
Al verla entrar en el Olimpo, altiva y bella, el corazón de Hera se estremeció. Contuvo su ira al sorprender en las miradas de los demás dioses la luz de la admiración que su hijo Hefesto, infeliz y deforme, a pesar de ser el fruto legítimo de su matrimonio. ¿Cómo había podido su esposo engendrar solo una criatura tan magnífica, mientras que unido a Hera había concebido un ser tan feo y deforme?
Las palabras de Hera , dichas en alta voz, sacudieron la sala como una tempestad y llegaron a los oídos del poeta Homero, quien cuidadosamente registró: “Terrible y astuto Zeus –dijo ella-, ¿cómo osaste dar a luz a Atenea?, ¿no podría haber sido yo quien te diera esa hija? ¡Ahora voy a hacer algo para tener un hijo que se distinga entre los dioses! Y lo hago sin avergonzar tu lecho y el mío, pero también sin ti. Me alejaré de tu compañía y de los demás dioses”
Así habló airada y se alejó. En un lugar distante y solitario, despojándose de su orgullo, dirigió súplicas al Cielo y la Tierra, y a los Titanes del mundo subterráneo: “Escuchadme todos, y dadme un hijo…”
Tanto imploró y con tanto ardor que finalmente fue oída. Gaia (la Tierra) comenzó a estremecerse y en ese instante la diosa se sintió grávida.
Pero concebir un hijo sin la intervención de su esposo no bastaba para vengarse de él. Necesitaba rechazar al esposo. Negarle caricias y amor. Relegarlo a la soledad.
Pasaba la mayor parte su tiempo en los santuarios a ella dedicados. Y los meses transcurrieron lentamente hasta que la gravidez llegó a su fin. La diosa estaba ansiosa por abrazar al hijo que sería obra enteramente suya, fruto exclusivo de su vientre.
Detalle de vasija griega que representa
a Zeus luchando contra Tifón
El nacimiento fue decepcionante. El resultado de esa concepción solitaria y amarga no se asemejaba ni a un dios ni a un mortal. Era un monstruo, una peligrosa serpiente que vomitaba fuego: Tifón.
Sin poder librarse del rayo, Hera regresó al Olimpo. Pero lo llevó consigo y se cubrió de vergüenza. Tifón no dejaba en paz a los dioses. Se rebeló hasta contra el gran Zeus, reclamándole de manera terrible una esposa divina que le hiciera compañía.
Como la presencia de Tifón importunara cada vez más a las divinidades, Zeus lo derrotó y acabó
por enviarlo a Delfos, donde compartiría con la serpiente Pitón la custodia del oráculo.
Mucho más tarde, cuando el dios Apolo exterminó a Pitón, atrajo hacia al mar al hijo de Hera. En el fondo de las aguas, el monstruo permaneció prisionero por el resto de los tiempos. Los hombres antiguos creían que cuando se enfurecía convulsionaba la superficie del suelo y hacía entrar en erupción el Etna, sembrando terror en los campos de la isla de Sicilia. En adelante, cada vez que se observa una columna marina que se eleva se le atribuirá a Tifón tal portento.


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