lunes, 5 de febrero de 2018

ATLAS

Atlas Farnesio
En la Odisea, Homero (siglo IX a.C.) nos presenta a Atlas (en griego antiguo Ἄτλας, ‘el portador’, de τλάω tláô, ‘portar’, ‘soportar’) como una figura enorme, que carga en los hombros las columnas que sustentan la bóveda celeste. Su musculatura es poderosa. Su morada está situada en el lejano mar occidental. Atlas conoce las profundidades marinas y es rico no solo en fuerza y sabiduría, sino también en malicia. Homero insiste en caracterizarlo como un ser estrechamente ligado a la naturaleza del mar, a las fuerzas formidables de las olas. Según el gran poeta, Atlas unifica en el plano mítico, por lo tanto, tres grandes elementos: tierra, mar, firmamento.
Hijo de Japeto y Climene, Atlas pertenece a la primera generación de las divinidades: los Titanes, que llEva en si la suma de todos los poderes, pero aún no ordenados y dirigidos a fin práctico benéfico para la humanidad. Sus hermanos eran Prometeo, Epimeteo y Menecio. Fue el padre de las Hespérides, Mera, Calipso, las Híades y las Pléyades. A toda su prole se le conoció con el nombre de Atléntidas.
La descripción de ese mito se repite, casi idéntica, en un poeta posterior, Hesíodo (siglo VIII a.C.), quien, en su Teogonía, difiere de Homero solo en los detalles. Para el, Atlas no carga el cielo sobre sus hombros, sino sobre la cabeza, sujetándolo con las manos. Los sucesivos poetas liricos y trágicos mezclan ambas descripciones, pero mantienen constantes los caracteres fundamentales de la figura mítica y de su tarea.
El Atlas moderno, del escultor Lee Lawrie
en el 
Rockefeller Center de Nueva York.
Por ser un titán y por estar destinado a cumplir un trabajo tan colosal, Atlas debe haber tomado parte, con sus hermanos, en la lucha contra Zeus (Júpiter) y los otros dioses Olímpicos. Tras la victoria de estos, habría sido castigado con el sostén de la bóveda celeste, contribuyendo así a mantener el equilibrio del universo.
El titán Atlas es el elemento que la imaginación mítica creó para conjurar, unir y relacionar el complejo universo de los astros que se encuentran arriba de la tierra y del mar, y estos elementos con los que el hombre está en contacto directo.  La importancia de las estrellas para la navegación es recordada frecuentemente por los poetas y los escritores. La literatura griega proporciona continuos ejemplos de la íntima relación entre la agricultura y los ciclos de los fenómenos atmosféricos y astronómicos. Hesíodo, en su poema Los Trabajos y los Días, aconseja constantemente a los agricultores sobre los periodos favorables para las siembras, las cosechas, la vendimia. Se basa para ello en la posición de determinadas constelaciones, después de ponerse el Sol o antes de aparecer la primera luz del día. Por otra parte, el campesino y el pastor, por propia experiencia, sabían “prever” las épocas de inundación o de sequía, de lluvias o de calor, mirando a lo alto y observando “el color”, el tamaño, la inclinación de un planeta o de un astro. Así también el pescador y el navegante podían organizar sus trabajos.

EL TITAN Y SUS HIJAS

Las Pléyades
Pero el mito de Atlas no nace solo de estos factores de carácter práctico y económico. Proviene también del efecto producido sobre el hombre por el carácter cíclico de los fenómenos celestes. Los cambios de las fases lunares, su periodicidad y su influencia sobre los mares, sobre la fertilidad y los nacimientos de los seres animados; el paso del Sol a lo
largo de la banda del Zodiaco,  con la mudanza de las estaciones; los complicados movimientos de los planetas que guardan una regularidad visible en su manera de desplazarse; la sucesión de los días y las noches con el nacer del Sol y el crepúsculo; la comprobación del ciclo continuo de los fenómenos celestes que, a su vez, encuentra correspondencia en el ciclo de fenómenos en las tierras y en los mares: todo eso llevó al hombre antiguo a la consciencia del gran contraste entre la firme perennidad de esos fenómenos y lo incierto de la vida humana. Los fenómenos físicos se repiten sin gastarse; vuelven con la misma intensidad y los mismos poderes. La vida del hombre es única, no puede ser vivida sino una vez. El individuo es como un juguete bajo la inmensidad de seres luminosos que flotan por encima de él. Los astros parecen obedecer leyes maravillosamente constantes. Atlas, el gran titán es, entonces, el que cumple la tara de sostener la bóveda celeste para que esta no aplaste la fragilidad del hombre.

Mientras el gran titán sostiene el cielo, sus hijas, las Atlántidas, iluminan los trabajos humanos. Las más importantes de ellas –las Pléyades y las Híadas- son mencionadas en los relatos primitivos como Ninfas del Mar. Después figuran en las descripciones de los poetas como constelaciones. Las Pléyades cuyo nombre significa “palomas”, pero expresa también el concepto de navegar (plein en griego), presiden la navegación; no protegen directamente a los marineros, pero los orientan, proporcionándoles rumbos. Surgen en la parte occidental del mar, a mediados de mayo (primavera en el Hemisferio septentrional), y desaparecen a fines de octubre, determinando el inicio y el fin de la época más propicia para navegar.
Heracles en el jardín de las Hespérides.
Detalle en vasija ateniense.
El nombre Híadas indica llover (hyein en griego). Su aparición en el cielo, muy cerca de las Pléyades, anuncia las lluvias que fecundan el suelo para las siembras y las cosechas realizadas en otoño.
El mito central de Atlas y sus hijas se relaciona con mitos menores, implicados a otras constelaciones, como la de Orión, el cazador gigante transformado en polvo de estrellas por obra de Artemisa (Diana), o la de la Serpiente, metamorfosis del dragón que, juntamente con las Hespérides –también hijas de Atlas-, vigilaba el jardín de los dioses. La leyenda del titán que sostiene el universo se asocia también a la aparición de los cometas, tal como lo demuestra la identificación mítica de una de las hijas de Atlas con un astro errante, que, en su dolor, “baja” del cielo para ver de cerca la ruina de Troya. En efecto, esa es la transformación sufrida por la pléyade Electra, que vaga rápidamente por el espacio oteando desde lo alto el sitio de la desdichada ciudad fundada por su hijo Dárdano.
Por otra parte, el titán dio nombre también, pero tardíamente, a una cadena montañosa.
En efecto, aunque la más antigua referencia a la transformación de Atlas en la montaña situada en el noroeste de África (El Atlas, alto monte que sostiene el cielo), se deba al historiador griego Herodoto (484? – 420? a.C.), el primero en narrar poéticamente la leyenda es Ovidio.

La literatura y las artes representan constantemente a Atlas como un hombre. La arquitectura uso de la concepción de este mito para transformar la columna en figura humana (los atlantes o telamones). La escultura y la pintura más antiguas lo representan como de fuerte musculatura, llevando sobre los hombros el universo, pero sin demostrar fatiga ni resentimiento. Las estatuas y la literatura del siglo VI a.C. modifican la expresión de Atlas: su rostro manifiesta odio, repulsa, aversión. Una famosa escultura lo muestra así, sosteniendo el cielo sobre los hombros y ayudándose con las manos. Esta imagen -conocida como el Atlas Farnesio- ha quedado como la más característica y tradicional representación material del mito. 

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