jueves, 1 de febrero de 2018

LA FUNDACIÓN DE ATENAS (MITO)

La competencia entre Atenea y Poseidón.
Detalle en vasija griega.
Competía a los dioses aceptar ser protectores especiales de una o más ciudades griegas: en la guerra, en la tempestad, en la buena y en la mala cosecha.
Siguiendo una tradición milenaria, Cécrope, el rey mitad hombre, mitad reptil, llamó a los inmortales olímpicos a que dirimieran el patronazgo sobre una ciudad que acababa de fundar en la región del Ática.
La competencia más reñida se estableció entre Atenea y Poseidón. Disputaban la tierra palmo a palmo. Obstinadamente. Los otros dioses abandonaron la lucha, para que los dos decidieran entre sí.
El pueblo estaba dividido. Los marineros aclamaban al rey de las aguas. Los soldados aplaudían el sabio coraje de su dios. Los demás vacilaban.
Para poner fin a la acalorada disputa, el soberano Cécrope pidió a Atenea y a Poseidón que crearán algo útil para la nueva ciudad. La ofrenda que los habitantes prefiriesen determinaría quien sería el vencedor.
Poseidón fue el primero con fuerza, golpeó el suelo con su tridente. De la Acrópolis brotó una fuente y de esta surgió un espléndido caballo. La creación de la fuente y el caballo agradaron a la población.

Atenea hirió la tierra con su lanza, sacando chispas, veloz como el rayo, domó el caballo e hizo surgir de la tierra el olivo. El rey Cécrope recibió conmovido la rama cargada de frutos. El pueblo reconoció en el vegetal el regalo más valioso. Los dioses confirmaron la elección y la nueva ciudad recibió el nombre de Atenas. 
Atenea lucha contra Poseidón por la ciudad de Atenas.
Detalle en el tímpano oeste del Partenón.

LAS HORAS



Dionisio guiando a las Horas. S.I d.C.
Las Horas (en griego, Ὧραι; en latín, Horae) son personificaciones en la mitología clásica del orden de la naturaleza y de las estaciones, aunque posteriormente se les asoció al orden y la estabilidad social. Según la versión de Hesiodo, son hijas de Zeus y de la titán Temis. En la versión de Homero no se menciona un número preciso de estas, pero están vinculadas al clima y a las estaciones y fomentan la fertilidad de la tierra.




Primitivamente, eran divinidades de la fertilidad; más tarde, lo fueron de las estaciones y del orden natural (y humano) y, finalmente, aumentadas en número (las Doce Hermanas), pasaron a personificar las horas del día. Los atenienses las llamaban Talo (“brote”), Auxo (“desarrolladora”)  y Carpo (“fruto”), nombres que evocan la idea de brotar, crecer y fructificar. Estas son consideradas las Horas de la primera generación. Las de la segunda fueron Eunomía (Disciplina), Dike (Justicia) y Eirene (Paz).

Se consideraba que las Horas tenían así doble función: presidian la vegetación y velaban por las instituciones políticas y sociales. En el Olimpo ejecutaban las más diversas tareas: desataban los caballos del carro de Hera; vigilaban las puertas divinas; cuidaban del tocado de Afrodita. También figuraban en el cortejo de Baco y se contaban entre las compañeras de Proserpina. Se las representaba como graciosas jóvenes que danzaban en compañía de las Musasy las Gracias; llevaban en las manos los productos agrícolas de las diversas estaciones fructíferas: flores (primavera), espigas de trigo (verano), y gajos de vid (otoño).


DATOS CURIOSOS:
Irene (Paz)con el infante Pluto.(370 a.C)
Museo de Munich
  • Loa antiguos griegos vincularon a Talo con la estación de la primavera, mientras que Carpo, era la personificación del Otoño.
  • El tránsito de las estaciones es descrito simbólicamente en la danza de las horas.  
  • En obras de arte las Horas eran representadas como bellas y saludables doncellas, portando los diferentes productos de las estaciones, rodeadas de flores de colores vivos y abundante vegetación, u otros símbolos de fertilidad.

lunes, 29 de enero de 2018

¿CÓMO ES QUE LOS DIOSES OBTENÍAN LA INMORTALIDAD?



La comida de los dioses en el Olimpo. Pintura decorativa
de un plato atribuida a Nicola da Urbino
(
ca. 1480 – 1540/1547). Obra de 1530.
Como característica principal de los dioses, la inmortalidad era mantenida gracias a una dieta de néctar (bebida) y ambrosía (comida), alimentos privativos de las divinidades. De esta manera, la eternidad de los dioses dependía curiosamente de un tipo particular de alimentación. La inmortalidad sin embargo, podía ser concedida a ciertos mortales en circunstancias especiales: la princesa Psiquis, por ejemplo, fue inmortalizada para poder desposar al dios Eros; varios héroes, por su ascendencia divina, o por sus pruebas de coraje y arrojo sobrehumanos, se hicieron inmortales. Una de las maneras por las cuales los dioses conferían la inmortalidad consistía en ofrecer néctar o ambrosía al mortal. Otra forma era exponerlo al fuego: las diosas Tetis y Ceres, por ejemplo, usaron este recurso para inmortalizar a Aquiles y Demofón respectivamente. Algunos hombres tenían una inmortalidad condicional. Así, Pterelao vivió hasta el momento en que su hija cometa le cortó un rizo de oro que lo hacía inmortal. Como detalle adicional, se puede agregar que los dioses, además de consumir tanto el néctar como la ambrosía, poseían el icor que era una sustancia presente en su sangre –a veces también se consideraba que era la sangre misma, o también se creía que podía estar presente en el néctar y en la ambrosía. 

LA TEJEDORA ARACNÉ (MITO)

Aracné por Gustav Doré (Ilustración para el
Purgatorio de la Divina Comedia)
No había cómo disuadirla. Aracné, hija de un modesto tintorero de Colofón, insistía en proclamar ante cielo y  tierra su extraordinario talento de tejedora. No prestaba oído a las recomendaciones de modestia. A los más viejos de la ciudad les respondía con cinismo. Su vanidad era tal que rechazaba la ayuda de cualquiera.
Sus trabajos eran en verdad maravillosos. Difícil era suponer que fueran igualados en perfección y belleza por la obra de otro mortal. En las manos de la tejedora, los bordados de los mantos adquirían vida, envueltos en la magia de una nueva dimensión, la dimensión divina.
De toda Grecia, hombres, viejos y niños acudían a verla. Las ninfas dejaban los lagos y los bosques para seguir atentamente la huella de sus hilos.
La artesana de Colofón aprovechaba el vasto público para repetir su estribillo. En materia de tejido y bordado se declaraba única, perfecta e insuperable. Aún más perfecta que la diosa de los tejedores, Atenea.
Y, a pesar de su orgullo, la gente tenía lástima de ella, porque sabía que desafiar a los dioses es locura.
Un día la orgullosa tejedora fue interpelada por una vieja mujer, jorobada y arrugada, de cabellos blancos, túnica negra y bastón. Sabiamente le recomendó que dejara de vanagloriarse y se arrepintiese de su jactancia. Porque actuando así, dijo, todavía podría obtener el perdón de Atenea.
La fábula de Aracné (las hilanderas) (1657) de
Diego de Velásquez. Museo del Prado
Pero Aracné no aceptó el consejo. Por el contrario, volvió a desafiar a la diosa diciendo que no tendría temor alguno si Atenea viniese a competir con ella en el arte de la tejeduría: sabía que no había razón para temer, puesto que la diosa no tendría el valor de someterse a tal prueba.
La vieja entonces se arrancó el manto, arrojó lejos el bastón, se alisó las arrugas del rostro, e irguió altiva el cuerpo. Era Atenea.
Aracne no se inmutó ante la transformación de la vieja mujer. Al contrario, se puso muy contenta: había llegado la hora de realizar su sueño de hegemonía. Y las dos rivales empezaron, a una voz, a tejer magnificas tapicerías.
Atenea decidió bordar la escena de su disputa con Poseidón (Neptuno) por la ciudad de Atenas. Doce inmortales figuraban en su trabajo. En el medio de ellos, Zeus, el padre de los dioses y los hombres. Poseidón empuñaba el tridente, con el que acababa de golpear la tierra. Atenea misma figuraba con el yelmo en la cabeza y el escudo cubriéndole la mayor parte del cuerpo. Y en los bordes de la tela bordó escenas terroríficas, en las que los dioses castigaban a los mortales irreverentes.
El trabajo de la diosa parecía real. Las aceitunas del olivo que ofreciera a los atenienses parecían naturales. Los delicados contornos de las mariposas sugerían el vuelo como si fuese real. El Olimpo y las divinidades completaban el conjunto otorgándole belleza y esplendor.
Aracné o la dialéctica (1520) de Paolo Veronesse
Aracne representó en su tela los defectos de los dioses. En un ángulo, Leda acariciaba al cisne, que era el propio Zeus. En otra esquina la bella Dánae, encarcelada, recibía la lluvia de oro, disfraz con el que Zeus la visitaba para el amor. Amores, traiciones, crueles venganzas recubrían, con talento y arte, el tapiz de la tejedora de Colofón.
Cuando las obras quedaron terminadas, fue imposible encontrar defectos en cualquiera de los bordados. Nada pudo decir Aracné contemplando la obra de la diosa. Y Atenea, sorprendida, comprobó que la mortal no se había alabado en vano: era en realidad habilidosa en grado sumo y merecedora de admiración.
Pero esto no cerraba la cuestión. Irritada con la igualdad así demostrada, la diosa arrebató la tela bordada por Aracne, la arrugó y la desgarró. Y no satisfecha con eso, hirió a la rival con su aguja.

La herida más profunda, sin embargo, fue la abierta en el amor propio de la valiente tejedora que, ante la imposibilidad de destruir a la diosa, intentó ahorcarse. Pero Atenea no le permitió morir. La transformó en araña y la condenó a tejer, suspendida en las alturas, la delicada tela que los vientos rasgan fácilmente...

domingo, 28 de enero de 2018

¿CUÁL ES EL ORIGEN DEL SIGNO ZODIACAL ARIES?

Como la mayoría de nosotros sabe, el signo de Aries es el primero del zodiaco. Se le suele considerar como un signo asociado con el fuego y la masculinidad, siendo su símbolo los cuernos del carnero. Pese a que “Aries” es un término latino, los antiguos griegos conocieron la constelación del carnero –al cual posiblemente llamaron Crisomalón- e intentaron explicar su origen a partir de narraciones mitológicas.

Según la versión más conocida, Crisomalón era hijo del dios Poseidón y de la ninfa Bisáltide. Se cuenta que para huir de sus perseguidores el dios, que previamente había raptado a la ninfa, tomó la forma de un carnero mientras que a la muchacha la transformó en una oveja. De la unión en metamorfosis de ambos habría nacido Crisomalón. Este se caracterizaba por ser un carnero con lana de oro que nadaba, volaba y corría mejor que cualquier animal.
En otra versión bastante popular, existía en la región de Tesalia un rey llamado Atamante que procreó con su esposa Nefele dos hijos, un varón, Frixos y una mujer, Hele. Al morir la madre de estos, la nueva esposa de su padre, Ino, quiso matarlos por lo que el dios Hermes les envió al carnero Crisomalón para que los rescatara y los llevara volando a la región de Cólquida. Durante el trayecto se cuenta que Hele habría caído al mar, lo que dio origen al mar de Helesponto (“mar de Hele”), actual estrecho de los Dardanelos (en otra versión, Poseidón la convierte en una divinidad marina). Al llegar a la Cólquide, Frixo fue, en principio, bien acogido por el rey de esta región, Eates, quien le dio a su hija Calcíope por esposa. En agradecimiento a Zeus por el buen fin de su peripecia, Frixo sacrificó el carnero en su honor, ofreciendo el preciado vellocino al rey Eetes, que a su vez lo consagró a Ares, dejándolo bajo la custodia de un impresionante dragón. Este vellocino sería más adelante conocido como el vellocino de oro y sería motivo de diversas aventuras para Jason y lo argonautas.

En reconocimiento a todo esto, Zeus llevó al Crisomalón al cielo, entre las estrellas, donde ocupa el lugar de la constelación del carnero

ATLÁNTIDA

La Atlántida fue una isla mítica, mencionada en los diálogos Timeo y Critias del filósofo griego Platón. Estaba situada al oeste de las Columnas de Hércules y su historia se remonta en el tiempo a nueve mil años antes de la época del legislador ateniense Solón. Según la versión platónica narrada por Critias, discípulo de Sócrates, cuando los dioses se repartieron el mundo, la Atlántida le tocó a Poseidón, quien vivió allí largo tiempo con la joven Clito, hija única de Evenor, el primer hombre de la isla. De la unión del dios marino con Clito nacieron diez hijos de los cuales Atlas (Atlante) fue el mayor y de quien tomó el nombre la isla. Este recibió del dios marino el poder sobre esa tierra y la dividió en diez partes, tomando una para sí y repartiendo las restantes entre sus hermanos. Atlas reinaba sobre todos ejerciendo su soberanía desde el monte central. Los posteriores reyes de la Atlántida explotaron las riquezas naturales de la isla –sobre todo oricalco, hierro, oro-, fundaron ciudades, erigieron palacios, y construyeron murallas y canales. Lograron dominar parte de África y Asia, pero fueron repelidos finalmente por los atenienses. Castigada por sus vicios y su orgullo, la Atlántida fue tragada por Océano. Los antiguos la identificaban con el archipiélago de las islas Azores, sobre el que los fenicios contaban historias maravillosas.

DATOS CURIOSOS:

La caída de la Atlántida (s.XVII) de Francois Nomé
  • No se debe confundir a Atlas (Atlante), primer rey de Atlántida, con el titán del mismo nombre –que sostiene, según el mito,  sobre sus hombros el cielo.
  • En honor a Atlas, rey de la Atlántida, el océano Atlántico recibe ese nombre.
  • La única fuente de información sobre la presunta Atlántida son los diálogos platónicos mencionados.
  • En el diálogo Critias no se llega describir la destrucción de la isla pues el relato se interrumpe. Lo que sí se llega a afirmar es que es los atalantes fueron castigados por su soberbia.
  • Durante los siglos XVI y XVII se creyó que varias islas (Azores, Canarias, Antillas, etc.) eran los restos de Atlántida.
  • Algunos afirman que los atalantes estarían vinculados con los tartesios, pueblo que se asentó en la península ibérica y que para los griegos fueron la primera civilización de Occidente.
  • En la novela Veinte mil leguas de viaje submarino (1869) del escritor francés Julio Verne, se narra el encuentro de los protagonistas con los restos de la antigua Atlántida.
  • La Sociedad Thule –grupo de estudios ocultistas, al parecer vinculados al nazismo- estudió con interés el tema de la Atlántida. Estos creían que la raza aria podía descender de los atlantes.
  • Se ha tratado de vincular a la Atlántida con diversas civilizaciones tales como la minoica, la egipcia, los ya mencionados tartesios e, incluso, con civilizaciones precolombinas (Tiahuanaco).


lunes, 22 de enero de 2018

LA BELLA EUROPA Y EL TORO BLANCO (MITO)


El rapto de Europa (1716) Jean Francois de Troy
Una playa de Tiro. Las ondas acarician ligeramente las flores silvestres, que llegan hasta las arenas. La brisa lleva el claro sonido de risas y voces. El sol dora tiernamente la aterciopelada piel de las doncellas que allí se divierten.
Europa, la más bella entre todas, hija del fenicio Agenor, poderoso rey de la ciudad más celebre de esa costa asiática, corre por la playa, danzando al compás de su propio canto y lanzando pétalos de colores a los ágiles pies de sus compañeras.
Súbitamente, un toro blanco. Susto general. Gritos de miedo. Fugas despavoridas al abrigo de los arbustos.
La joven Europa, sin embargo, no tiene temor. Solo deja de jugar. Mira al animal y sonríe –sospechando vagamente, tal vez, la presencia de Júpiter-. Después, curiosa y enternecida, se aproxima al extraño visitante que, mansamente, se acuesta a sus pies.
Con las flores que lleva, la doncella adorna las patas, las orejas y el dorso del toro. Rápidamente teje guirnaldas y lo corona con ellas, murmurando palabras cariñosas. Suave y blanco es el pelo del animal. Tiernos, sus mansos ojos embelesados. Ardiente el soplo de sus narices.
A distancia, sus compañeras observan el cuadro. Y poco a poco van perdiendo el miedo. Sin prisa, van saliendo de sus escondrijos. No hay que temer –las tranquiliza la amiga-, el toro blanco es tierno y cariñoso. Y para aseverar lo dicho, con gracia y ligereza, cabalga sobre su lomo.
Traspone el mar con su preciosa carga sobre los lomos y llega a la isla de Creta. Allí, en una playa encantada, se arrodilló por fin para que la doncella descendiese. En el bello rostro de Europa no había miedo. En sus labios rosados brillaba confiada una amorosa sonrisa. Había entendido.

Sobre las blancas arenas, a la luz del sol y a la sombra de los plátanos, oyendo el suave murmullo de las ondas, ambos se amaron.
Europa  de John Malis

ZEUS CRIADO POR LAS NINFAS (MITO)

La infancia de Zeus (1640) de Jacob Jordaens

Breve fue el engaño de Cronos, (Saturno), pues pronto descubrió haber devorado una piedra en vez de un hijo. Con aullidos de furor y a grandes pasos salió el dios a barrer el mundo en busca del heredero que más tarde su invencible enemigo.

“Ni en el cielo, ni sobre la tierra, ni en el mar” habría de encontrarlo. Porque, en los densos bosques de Creta, ramajes y rumores escondían al niño Zeus (Júpiter).

En lo alto de un árbol, las Ninfas ocultaron al pequeño dios, para que el padre voraz no pudiera verlo. Pero lo que los ojos no encontraron, tal vez los oídos llegasen a descubrirlo. Por eso previeron nuevas precauciones. Llamaron a los Curetes, guerreros sacerdotes de la madre Rea (Cibeles) y les pidieron que al pie del árbol, cantasen vibrantes himnos y bailasen golpeando fuertemente sus escudos con sus armas. Era preciso tapar el llanto del niño.

Así creció tranquilo el hijo de Cronos, oculto por los clamores de los Curetes y por las sombras de la densa fronda.

Las abejas del monte Ida le ofrecían la miel que endulza el espíritu. En cuanto a la  leche que fortalece el cuerpo, se la proporcionaba la cabra Amaltea.

Era un animal tan feo, esa insólita ama, que en otros tiempos los titanes habían rogado a la tierra que la encerrase en una caverna para alejarla de sus miradas. Fue así como la cabra fue a parar a la isla de Creta y ganó el privilegio de amamantar al dios.

El niño Zeus, mientras tanto, no se asustaba de la fealdad del animal, Al contrario, demostraba gran placer en corretear con ella por el campo. Un día, en medio de la diversión, le arrancó un cuerno que entregó a las Ninfas con la promesa de que todos los frutos que desearan los encontrarían allí. Era la Cornucopia, o cuerno de la abundancia.
Por fin se cumplió el tiempo de la infancia. Era la hora de cumplir la profecía de Gaia (la Tierra)

Muerta Amaltea, de su piel se hizo el dios para sí una cota impenetrable, la égida (más tarde premio a Amaltea convirtiéndola en constelación celeste, la de Capricornio). Y, llevando en los oídos los ecos de los cánticos y las preces de los antiguos amigos, partió a combatir contra su padre y a asegurarse el dominio del cielo y la tierra.

Jupiter amamantado por Amaltea (1638)  de Nicolás Poussin